El antes y el después

Dicen que siempre hay un antes y un después para todo. Un momento en el que dejamos cosas atrás para seguir hacia adelante. No sé muy bien por qué pero creo que eso es lo que me ha pasado a mí este fin de semana.
El sábado no fue un buen día. Por decirlo de una manera un poco más radical: el sábado fue un día de mierda. Me desperté triste y algo nostálgica. Estar en la casa del pueblo y con el frío que hacía me hacía recordar a mi gordito. Y bueno, como ya no está pues me derrumbé un poco. Después, bronca con X. Vamos, una mañanita muy salá.
Total, que pillo el coche y llegando al pueblo más cercano me sale una loca con una furgoneta de un camino de cabras. Sin mirar ni nada. Sin parar. Sin prestar atención a la carretera. Esquivo el coche, adelanto y me paro en una rotonda. Miro por el retrovisor y veo que la menda del coche me está poniendo caras. Yo soy muy impulsiva, reconozco que a veces debería tener un poco más de cuidado pero me salió del alma bajarme del coche. Y ese hecho lo cambió todo. Estábamos discutiendo por quién tenía, o no, razón cuando la chica, a lo Bruce Lee, pega un salto y me da una patada. Acto seguido, un empujón. Yo, como no, me vuelvo loca, me dirijo hacia ella con la esperanza de tener súper poderes o algo así y cuando nos vamos a enganchar llega el novio de la piba y me lanza por los aires. Conclusión: ostión al canto. Entre insultos y tal, ellos cogen su coche y se largan.

Histérica llamé a la Policía que no tardaron nada en llegar (da gusto, porque en Madrid, o tardan 3 horas, o simplemente pasan de ti). Si la movida entre X y yo podría haber no parecido para tanto, a partir de este hecho la cosa empeoró a lo bestia. Voy a la casa de socorro, me curan, pongo la denuncia y decido no volver a la casita del pueblo, sino pillar el coche y vuelta a Madrid.
A mí no me apetecía estar en casa. La cosa entre X y yo no estaba como para tirar cohetes, así que decido ir a casa de una amiga. Fue allí donde el pie me empezó a doler de la ostia, y fue allí donde me dieron un par de amarillos (con espasmos incluidos) que casi me matan por completo. No sé cómo llegué al Ramón y Cajal para que me vieran el pie. Diagnóstico: esguince. Y un dolor que cada vez que pisaba el suelo veía las estrellas.
La situación no mejoró cuando llamé a casa para decir dónde estaba y qué me pasaba. Opté por dejar el coche aparcado, coger un taxi y buscarme un hotel. El taxista era cosa curiosa. Un hippie de estos, con 50 años, y un buen rollo que no veas. Me llevó a pillar unos medicamentos para el dolor, bajó él y los compró. Después, a buscar un hotel. Yo no sé, pero el colega me llevaba a unos sitios que yo le decía: “tronco, fumo petas. Creo que este hotel es un pelín carillo para mí”. Total, que acabo en un hotel con la misma pinta de caro que los otros. Pero me da igual. Yo lo que quiero es una ducha y una cama. Pero el lector de tarjetas no funciona. Dios! ¿Qué hago ahora? El tío se tira el rollo, me da su móvil y me dice: “Confío en ti. Ya me pagarás”. Después de caminar hasta la recepción, con la maleta haciendo las veces de muletas, me dicen que el hotel está completo, ¡Y el de enfrente también!
Solución: Llamar a Silvi a ver si me acoge en su casa hasta que se solucione algo mi vida. Llegué sobre la una de la madrugada. El conserje, al verme con el pie tan mal, la maleta, las radiografías y una cara de dolor de la leche, vino a ayudarme. Decide que, como no puedo andar, me va a llevar hasta el portal de Silvia en una silla de estas de oficina, con ruedas. Al loro el cuadro: 01.00h. Una colgada, con una maleta, sentada en una silla de oficina y un sudamericano más majo que las pesetas empujando el “remolque” hasta el portal número 2.

Pasé un día allí, hasta que las cosas se calmaron un poco. Finalmente regresé a casa.
Hoy me ha llamado la chica de la movida para disculparse conmigo y las cosas parecen que han vuelto a su cauce. Pero hay algo en mí que ha cambiado. No sé el qué ni para qué me servirá pero creo que he aprendido mucho con todo esto. Si os soy sincera, espero que nunca me vuelva a pasar una cosa así.

A mis 31 años aún no comprendo muchas cosas. Supongo que no es nada extraño, que a todos nos pasa. 
YO dijo
eres mas maja que las pesetas,esas cosas nos ocurren a todos
que delgadita que esta Silvia
13 Diciembre 2006 | 12:02 PM